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Sérum facial, el pequeño gran imprescindible de cualquier rutina de belleza

Dedicar tiempo a la salud corporal, en concreto el cuidado facial ha dejado de ser un snobismo. En la actualidad es una forma más de autocuidado, de mantenerse seguro y contento con uno o con una misma.

De entre aceites, cremas, tónicos, contornos, mascarillas y frascos con pipeta, el sérum destaca por ser uno de los productos más habituales para el cuidado de la piel. Esta presencia se justifica por poseer la cualidad de poder elegir qué es lo que queremos con cierta exactitud aportar a nuestra piel

Suele ser fluida, agradable y fácil de extender, factores que seducen e invitan a utilizarlo a diario. Sin embargo, como ya se ha mencionado, hay que considerar que los sérums suelen estar formulados pensando en necesidades concretas. Ya sea para hidratar, iluminar, eliminar manchas, reducir las primeras arrugas o usar para proteger la barrera cutánea.

Por este motivo merece la pena resistirse a comprar el Sérum que aparece en televisión o cada semana en redes sociales y mirar primero nuestra propia piel. Una persona puede buscar hidratación porque nota tirantez al final del día, mientras otra quiere recuperar luminosidad o introducir algún activo antiedad. El sérum funciona mejor cuando tiene un propósito dentro de la rutina.

Qué lleva realmente ese pequeño frasco

El ácido hialurónico es uno de los ingredientes más habituales en fórmulas hidratantes y suele gustar por esa sensación de piel más confortable y jugosa. Es un activo conocido y fácil de encontrar en sérums de prácticamente todas las gamas de precio.

Otro clásico es la vitamina C, especialmente asociada a fórmulas antioxidantes y destinadas a mejorar la luminosidad. A su lado aparecen nombres que hace unos años resultaban propios de un laboratorio y que hoy forman parte del vocabulario beauty: niacinamida, péptidos, ceramidas, retinoides, ácido glicólico…

Aquí tampoco interesa convertir la rutina facial en una competición por acumular ingredientes. Conocer qué lleva cada producto ayuda a elegir mejor y, sobre todo, a saber para qué lo estamos utilizando. Algunas pieles toleran perfectamente determinadas fórmulas y otras reaccionan con rojeces, sequedad o molestias cuando incorporamos demasiadas cosas a la vez.

El momento del sérum

Su lugar habitual está entre la limpieza y la crema hidratante. Después de limpiar el rostro, unas gotas suelen bastar para extender el producto por cara y cuello. Usar más cantidad de la necesaria no convierte al sérum en más eficaz y solo consigue que el frasco dure bastante menos.

También ha cambiado la manera en la que entendemos estos pequeños cuidados. Ya forman parte de fines de semana dedicados al bienestar, tratamientos faciales y escapadas en hoteles con spa, donde resulta habitual descubrir nuevas texturas o recuperar ese placer de dedicar unos minutos a cuidarse. De vuelta a casa, el sérum puede conservar parte de esa sensación agradable, después de la ducha, frente al espejo y antes de empezar o terminar el día.

¿Hay que utilizarlo por la mañana o por la noche? Depende del producto. Un sérum hidratante puede encajar perfectamente en ambos momentos, mientras que otros activos cuentan con recomendaciones específicas de frecuencia y aplicación. Leer las indicaciones del fabricante resulta especialmente importante cuando entran en escena retinoides o determinados ácidos. Durante el día, además, la protección solar continúa siendo imprescindible.

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